domingo, 18 de mayo de 2008

Dos palabras para nuestras lecturas

El DRAE dice:


Repercusión(Del lat. repercussĭo, -ōnis). 1. f. Acción y efecto de repercutir. 2. f. Circunstancia de tener mucha resonancia algo. Repercutir (Del lat. repercutĕre; de re y percutĕre, herir, chocar). 1. intr. rebotar (‖ retroceder o cambiar de dirección). 2. intr. reverberar. 3. intr. Dicho del sonido: Producir eco. 4. intr. Dicho de una cosa: Trascender, causar efecto en otra.


Resonancia. (Del lat. resonantĭa).1. f. Prolongación del sonido, que se va disminuyendo por grados. 2. f. Sonido producido por repercusión de otro. Caja de resonancia 1. f. La de madera que forma parte de algunos instrumentos musicales para amplificar y modular su sonido.

Comentarios de Bachelard sobre la imagen

Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias, que ha seguido tan claramente como ha podido el eje del racionalismo activo, el eje del racionalismo creciente de la ciencia contemporánea, debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética. Aquí, el culto pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones de pensamientos, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en la adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo, relieve mal estudiado en causalidades psicológicas subalternas. Nada general ni coordinado tampoco puede servir de base a una filosofía de la poesía. La noción de principio, la noción de “base”, sería aquí ruinosa. Bloquearía la actualidad esencial, la novedad psíquica esencial del poema. (…) Cuanto más tarde nos refiramos a la relación entre una imagen poética nueva y un arquetipo dormido en el fondo del inconsciente, tendremos que comprender que dicha relación no es, hablando con propiedad, causal. La imagen poética no está sometida a un impulso. No es el eco de un pasado. Es más bien lo contrario: en el resplandor de una imagen resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse. En su novedad, en su actividad, la imagen poética tiene un ser propio, un dinamismo propio. Procede de una ontología directa. Y nosotros queremos trabajar en esta ontología.

Es pues, en la inversa de la causalidad, en la repercusión, en la resonancia (…) donde creemos encontrar las verdaderas medidas del ser de una imagen poética. En esa resonancia, la imagen poética tendrá una sonoridad de ser. El poeta habla en el umbral del ser. Para determinar el ser de un a imagen tendremos que experimentar (…) su resonancia.

(…)

Sólo la fenomenología –es decir la consideración del surgir de la imagen en una conciencia individual– puede ayudarnos a restituir la subjetividad de las imágenes y a medir la amplitud, la fuerza, el sentido de la transubjetividad de la imagen. Todas esas subjetividades y transubjetividades no pueden determinarse de una vez por todas. En efecto, la imagen poética es esencialmente variable. No es, como el concepto, constitutiva. Sin duda, la tarea de desprender la acción mutadora de la imagen poética en el detalle de las variaciones de las imágenes es dura, aunque monótona. Para un lector de poemas, la referencia a una doctrina que lleva el nombre tan a menudo mal entendido de fenomenología, corre el riesgo de permanecer oscura. Sin embargo, fuera de toda doctrina, es referencia es clara. Se pide al lector de poemas que no tome una imagen como un objeto, menos aún como un sustituto de objeto, sino que capte su realidad específica.

(…) La imagen, en su simplicidad, no necesita un saber. Es propiedad de una conciencia ingenua. En su expresión es lenguaje joven. El poeta, en la novedad de sus imágenes, es siempre origen del lenguaje. Para especificar bien lo que puede ser una fenomenología de la imagen, para aclarar que la imagen es antes del pensamiento, habría que decir que la poesía es, más que una fenomenología del espíritu, una fenomenología del alma. Se deberían entonces acumular documentos sobre la conciencia soñadora.

Gastón Bachelard. La poética del espacio. Traducción de Ernestina de Champourcin. Fondo de cultura económica. Bogotá, 1993. Pp. 7-11.

Nos enfrentamos a dos tareas

Una es la del rastreo de la imagen de la casa en los poemas como una imagen en relación. La otra depende de la primera, y va hacia el reconocimiento de la configuración del saber que viene a nuestro encuentro desde esa imagen. La primera tarea nos enfrenta con el acto de la lectura del poema y todo lo que éste involucra (la complejidad del lenguaje poético, el “dejar hablar” a la imagen, o la atención a las imágenes personales suscitadas por las imágenes del poema, por poner algunos ejemplos). Para hablar de la segunda tarea y de lo que ella exigirá de nosotros, les pedía que trajeran lo que han escuchado, leído, escrito, discutido sobre la imagen poética. Yo he propuesto un título a la materia, “El saber de la casa”, y les he dicho que extraje la frase de un escrito de Hanni Ossott, “Memoria y alma de la casa”. Lo hemos leído juntos en la clase. Resaltan en ese texto las palabras anima, animus y alma, espejo de almas, infancia, reverencia, origen. La pregunta que acaso nos toca ir haciendo es algo así como ¿De que está hecho el saber de la casa? y, ¿de qué nos habla? Cosa que necesariamente pasa por preguntarse ¿Cómo es el saber de una imagen? ¿Cómo se diferencia, si lo hace, de otros tipos de saberes? ¿Cómo se configura? ¿Cómo se acerca uno a ese saber? (preguntas a las que tal vez ustedes ya se han enfrentado) A este ámbito reflexivo estamos por acercarnos.

"Últimos días de una casa" de Dulce María Loynaz

Leer el poema completo en www.palabravirtual.com. Antología de poesía hispanoamericana.




Unas primeras palabras sobre "La poética del espacio" de Gastón Bachelard.

Bachelard sostiene que el terreno en el que el ser acoge su vivencia de la casa no solamente pertenece a la realidad, sino, y sobre todo, al pensamiento y a los sueños. La imagen que el ser atesora de la casa configura un espacio de ensueño en el cual memoria e imaginación conviven indisociablemente. En la base de la imagen de la casa está la casa de la infancia, el primer mundo del ser. La casa se asocia así a la idea de calidez, refugio y protección, en oposición al frío mundo exterior, al afuera. El reconocimiento lúcido de las imágenes de la casa y de su peso se da, según Bachelard, en la poesía.

Nos reconfortamos reviviendo recuerdos de protección. Algo cerrado debe guardar a los recuerdos dejándoles sus valores de imágenes. Los recuerdos del mundo exterior no tendrán nunca la misma tonalidad que los recuerdos de la casa. (…) En los poemas, tal vez más que en los recuerdos, llegamos al fondo poético de la casa. (…) si nos preguntaran cuál es el beneficio más precioso de la casa, diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. (Bachelard, 1986: 36)

Prosigue el autor de La poética del espacio indicando cómo se reúnen en la casa las imágenes que edifican las “razones o ilusiones de estabilidad” del ser, imágenes proveedoras de integración y realidad. La imagen de la casa se construye, como se construye toda casa, ante lo temido. Podemos entender entonces la concepción de Bachelard de la casa en tanto cuerpo y alma a la vez. Un “ser concentrado”, añade, aludiendo a la conciencia de centralidad a la que nos llama la imagen de la casa y, además, a su “zona de protección mayor”–el “centro de fuerza”: un espacio determinado dentro de la casa, que puede ser también alguien que la habita y que representa la imagen humana del refugio para el ser.

"Memoria y alma de la casa" de Hanni Ossott

Leamos. Aquí, el texto inspirador de esta materia.

Memoria y alma de la casa

Hanni Ossott

A Rosalba Méndez, por esa conversación sobre las casas

La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella, el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma.

Gastón Bachelard

La casa no es un privilegio de falsa riqueza sino de la riqueza misma. Los hombres siempre hacen casa, con lo que pueden, desde lo que pueden. Pero no todos los hombres piensan la casa, no todos la sueñan desde una intimidad. No todos son concientes de ella. Bachelard dice de la casa que es alma. Nosotros podríamos agregar que ella es espejo de almas. Nuestra psique está objetivada en nuestras casas. La casa es depositaria de historias personales, ella muestra anhelos, penurias, carencias o desórdenes. Ella muestra riquezas. En el espacio de la casa corre el amor o la indiferencia. Lo femenino y lo masculino. En pareja, fundar casa significa divergir. Uno de los dos quiere siempre imponer su historia. Se dice: la mujer es la reina de la casa. Sólo porque impone sus códigos secretos, sus grandes pequeñas historias. Y el hombre accede. Pero la mujer no es sólo mujer, es un padre, un abuelo: de modo que encontramos casas erigidas contra el anima o casas en exceso femeninas. Las cosas, por lo demás, deberían mostrar cierta tensión, una dialéctica o un leve desequilibrio entre animus y alma, es decir, deberían ser ambivalentes. La casa debería ser como el agua, casi fluctuante; sin embargo, a veces es demasiado rígida, a veces se encuentra detenida en el tiempo, como una memoria congelada. Por eso las mujeres tienden a cambiar de posición los muebles, en una suerte de gesto desesperado para que todo se mueva, para que nada se detenga. Y al fondo de ese gesto hay una dinámica del amor. Puesto que lo rutinario es congelante.

Entre todas las casas hay unas que son heladas, bien decoradas, pero frías. Como si en ellas nadie habitara. Se trata de casas «perfectas». Sin almas, sin pasión. Casas racionales. Casas de revistas. El orden allí es tan exacto que podemos suponer que nada transpira allí, que el pan no se cuece, que el horno no arde. Hay otras casas erigidas contra el reposo, la geografía de sus cuerpos es violenta, todo en ellas es agresivo: las imágenes que cuelgan de las paredes, los colores y formas de los objetos que la adornan. Se trata de casas brujas. Bachelard dice que «el excesivo pintoresquismo de una morada puede ocultar su intimidad». Y finalmente hay casas no pensadas, no soñadas, casas no fundamentadas en el alma. Se trata de casas «hechas», sin nombre, sin apellido, sin rango. Casas despersonalizadas y sin memoria. Se trata de casas-objeto, casas-cosa. ¿Quién vive allí? Un hombre pobre o un hombre rico, da lo mismo. Ambos pueden hacer una casa-cosa, es decir, de una casa, una cosa. Nosotros tenemos reverencia por esas casas que reflejan las preferencias de los que la habitan, esas casas discretamente descriptivas. La casa es por ello un habla, una voz. El inconsciente murmulla en ellas. Por ese murmullar pueden ser excesivas, barrocas o equilibradas y armónicas.

En el niño que queda en nosotros, la casa se vuelve búsqueda y reencuentro. Fundamos una casa nueva con la memoria de la casa de la infancia. Esto no quiere decir que la casa nueva será idéntica a la primera. Porque también las casas se niegan, se desaprueban. Pero en ese desaprobar y aprobar conservamos imágenes y objetos que hablan de nuestro pasado, del pasado de nuestros padres.

La casa, guardiana del pasado y del presente, de lo que somos y de lo que hemos sido, debería tener siempre historia. Ella debe tener una conexión con el alma. En ella deben estar expresos los viajes, las profesiones, los tíos, la imagen de la madre y la del padre, los amigos. Una casa que no conviva con el rastro, la huella de los amigos, es una casa incompleta. Puesto que la casa alberga recuerdos e imágenes abunda en ella el fetiche, esas cosas secretas que hablan de un amor y de una deuda. Por ello una gran casa, por pobre que sea, es difícil de descubrir. Ella está llena de señales, de discursos velados. Un aguamanil colocado inocentemente sobre una mesa especial, puede tener una historia. Y nosotros no la sabemos. De modo que a las casas se entra con reverencia.

De la casa parece que se ocupan las mujeres, o más bien, lo femenino. La mujer es de la casa, le dice el padre a la niña, a la kore para que aprenda. A la mujer, a lo femenino, le gusta su casa, la que lleva, la que trae. Hay una casa esencial, antigua, vieja que colocamos para que otro la habite: el marido. Y así le damos nuestros códigos, nuestras señales guía. La mujer ni lo femenino viven fácilmente la casa del hombre. Ella vive la casa del padre, pero no la casa del hombre. El hogar pertenece al anima. Lo masculino hace hogar y casa en conexión con la anima. Sin esa conexión todo es disrupción.

Baste decir que esta reflexión no está agotada. Si nos enseñaran a pensar más nuestras casas, cuánto desgaste nos ahorraríamos. Esta es la filosofía primera, el saber de la casa. El observar sus orígenes, el entender de sus muebles, de sus cuadros, de su decoración. Hay casas definitivamente afantasmadas, donde domina un bisabuelo, dolorosamente, punzantemente. Son casas no libres, sin aire. Hay casas que han colocado al abuelo en una habitación especial, cerrada. Visible sólo para las grandes fiestas. Del abuelo no se puede prescindir. Él sigue mandando en la casa. Se trata de saber qué hacer con él. Que la casa sea el abuelo sería demasiado. El abuelo es para el cuarto designado al estudio. El cuarto de la reflexión. Y allí una foto. No más que una foto. La casa es este progreso interior.

“Memoria y alma de la casa”, en Como leer la poesía. Ensayos sobre literatura y arte. Bid&co. Editor. Caracas 2005.

Para comenzar

Voy a hablarles de mis primeras intuiciones sobre lo que haremos. Imagino a nuestra lectura como un "rastrear" la presencia de la imagen de la casa en una serie de poemas, un "escuchar" lo que esa presencia nos sugiere. Esto hace necesario, entre otras cosas, que nos sumerjamos en lo que entendemos por imagen poética... (lo que sobre ella hemos leído, discutido, atesorado) y con ello, que nos preguntemos ¿Cómo es el habla de una imagen? ¿De qué nos habla? ¿Desde dónde nos habla y a qué parte de nosotros se dirige?

Atenderemos entonces a una imagen, a su recurrencia en un conjunto de poemas. Dice el título: "... en la obra de algunos poetas latinoamericanos" y no "en la poesía latinoamericana". Claro que incurriremos de cierto modo en la configuración de una región, pero lo haremos desde el acercamiento a una imagen presente en una muy breve selección de poemas y de poetas. De todos modos no perderemos de vista que se pueden hacer estas preguntas: ¿Cómo se configura esa imagen de casa de nuestra cultura en estos poemas? ¿Cómo nos hablan ellos sobre el imaginar poético latinoamericano?

Los comentarios, los ensayos, no están aquí para "explicar". No podrán indicarnos lo que debemos ver en estos poemas sobre la casa. Vamos a aproximarnos a ellos como espacios de resonancia, o de entrada del logos -de un logos particular, vale decir-, diferente del saber de las imágenes. Nuestra lectura de los poemas, de la imagen de la casa, irá por la atención a lo que compone esa imagen, a lo que nos dice del poema... (y a veces del poeta o de su mirada sobre la poesía, sobre el quehacer poético) a lo que nos dice del ser.