Bachelard sostiene que el terreno en el que el ser acoge su vivencia de la casa no solamente pertenece a la realidad, sino, y sobre todo, al pensamiento y a los sueños. La imagen que el ser atesora de la casa configura un espacio de ensueño en el cual memoria e imaginación conviven indisociablemente. En la base de la imagen de la casa está la casa de la infancia, el primer mundo del ser. La casa se asocia así a la idea de calidez, refugio y protección, en oposición al frío mundo exterior, al afuera. El reconocimiento lúcido de las imágenes de la casa y de su peso se da, según Bachelard, en la poesía.
Nos reconfortamos reviviendo recuerdos de protección. Algo cerrado debe guardar a los recuerdos dejándoles sus valores de imágenes. Los recuerdos del mundo exterior no tendrán nunca la misma tonalidad que los recuerdos de la casa. (…) En los poemas, tal vez más que en los recuerdos, llegamos al fondo poético de la casa. (…) si nos preguntaran cuál es el beneficio más precioso de la casa, diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. (Bachelard, 1986: 36)
Prosigue el autor de La poética del espacio indicando cómo se reúnen en la casa las imágenes que edifican las “razones o ilusiones de estabilidad” del ser, imágenes proveedoras de integración y realidad. La imagen de la casa se construye, como se construye toda casa, ante lo temido. Podemos entender entonces la concepción de Bachelard de la casa en tanto cuerpo y alma a la vez. Un “ser concentrado”, añade, aludiendo a la conciencia de centralidad a la que nos llama la imagen de la casa y, además, a su “zona de protección mayor”–el “centro de fuerza”: un espacio determinado dentro de la casa, que puede ser también alguien que la habita y que representa la imagen humana del refugio para el ser.
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